Un creciente cuerpo de investigación vincula el uso intensivo de redes sociales no solo con un deterioro en la salud mental, sino también con efectos cognitivos medibles —en la atención, la memoria y la concentración— que en algunos estudios se asemejan a un envejecimiento acelerado, sostiene un reciente artículo en el diario Washington Post, que reporta los resultados de estudios sobre el tema.
La ciencia también sugiere que tenemos más control del que creemos para revertir este daño, y la solución es sorprendentemente simple: tomar un descanso, agregan.
Indican que el estadounidense promedio pasa aproximadamente entre 4½ y 5 horas al día en su teléfono, según encuestas, y aunque alguien esté en el rango “bajo” de dos a tres horas diarias, eso aún suma un mes y medio al año sin hacer otra cosa.
“Todos tenemos una relación algo poco saludable con nuestros teléfonos”, dijo Kostadin Kushlev, profesor asociado de psicología en la Universidad de Georgetown, citado en el artículo.
Informan que, aunque los “detox digitales” pueden sonar como una moda, uno de los estudios más grandes hasta la fecha, publicado en PNAS Nexus y que involucró a más de 467 participantes con una edad promedio de 32 años, resultó en que, incluso un corto periodo lejos del teléfono produjo resultados sorprendentes: prácticamente borró una década de deterioro cognitivo asociado a la edad.
Presentan el caso de Noah Castelo, profesor asociado en la Escuela de Negocios de la Universidad de Alberta, que dijo que el estudio surgió de su propia experiencia. Ahora con 35 años, obtuvo su primer teléfono inteligente en la universidad y comenzó a notar cómo transformaba su tiempo: “Estas tecnologías pueden interferir con actividades que antes eran estimulantes, como cenar con amigos”.
En el mencionado estudio, durante 14 días, los participantes usaron una aplicación comercial llamada Freedom para bloquear el acceso a internet en sus teléfonos. Aún podían hacer llamadas y enviar mensajes de texto, convirtiendo esencialmente un smartphone en un teléfono básico.
Su tiempo en línea disminuyó de 314 minutos a 161 minutos, y al final del periodo los participantes mostraron mejoras en atención sostenida, salud mental y bienestar general autoinformado.
La mejora en la atención sostenida, resaltan, fue de una magnitud similar a 10 años de deterioro cognitivo relacionado con la edad, señalaron los investigadores, y el efecto de la intervención sobre los síntomas de depresión fue mayor que el de los antidepresivos y similar al de la terapia cognitivo-conductual.
“Pero dos cosas sorprendieron aún más a Castelo y Kushlev, coautor del estudio: incluso quienes hicieron trampa y rompieron las reglas después de unos días parecían beneficiarse del descanso; y en los seguimientos posteriores a las dos semanas, muchas personas reportaron que los efectos positivos persistieron”.
“Así que no tienes que restringirte para siempre. Incluso hacer un detox digital parcial, aunque sea por unos días, parece funcionar”, dijo Kushlev.
El artículo destaca que los investigadores diferencian entre el uso de internet en teléfonos versus computadoras, siendo los teléfonos mucho peores y citan nuevamente a Kushlev, que dijo que el uso del teléfono es más “compulsivo y automático”.
Con el teléfono, la gente puede estar en redes sociales mientras camina, ve una película o conversa con alguien. Básicamente interrumpe otras actividades. En todos esos casos, los investigadores encontraron que mientras estás en tu teléfono, prestas menos atención a la actividad social que estás realizando y la disfrutas menos.
Se reconoce que la investigación sobre los detox digitales y cómo definirlos aún está en sus primeras etapas, lo que plantea preguntas sobre si enfoques más específicos —bloquear solo redes sociales por unas horas, o restringir el internet móvil en ciertos momentos del día o días de la semana— podrían ser igual de efectivos.
Mencionan otro estudio realizado en noviembre en Harvard y publicado en JAMA Network Open. Este, con casi 400 personas encontró que incluso un descanso breve puede marcar una diferencia medible: después de solo una semana de uso reducido del smartphone, los participantes reportaron disminuciones en ansiedad (16.1 %), depresión (24.8 %) e insomnio (14.5 %).
“Otros experimentos apuntan en la misma dirección —ya sea reduciendo el uso de redes sociales una hora al día durante una semana o alejándose solo de Facebook e Instagram. La creciente preocupación por los efectos de las redes sociales ha llevado a algunos gobiernos a imponer restricciones a usuarios jóvenes —Australia, por ejemplo, ha avanzado para limitar el acceso de niños y adolescentes, y propuestas similares han surgido en partes de Europa y Estados Unidos”, señalan.
John Torous, profesor asociado y psiquiatra en la Escuela de Medicina de Harvard y autor principal del estudio en JAMA Network Open, dijo que la investigación apunta a una realidad más matizada: no todos se ven afectados de la misma manera. Un desafío central, dijo, es identificar quién es más vulnerable —y por qué.
“Para algunas personas, su uso es demasiado, para otras demasiado poco, y para otras es justo lo necesario. Identificar quién resulta perjudicado es muy importante”, dijo quien también dirige la división de psiquiatría digital en el Beth Israel Deaconess Medical Center.
Informan que otro estudio más grande —con más de 8,000 participantes en 23 países— está actualmente en marcha. Dirigido por Steven Rathje, próximo profesor asistente de ciencias de la computación en Carnegie Mellon y financiado en parte por la National Science Foundation, pide a los participantes limitar su uso de TikTok, Instagram, X y Facebook a no más de cinco minutos por aplicación al día durante dos semanas. La recolección de datos continuará hasta septiembre, con resultados esperados a inicios del próximo año.
Una pregunta que el estudio busca responder es si se mantiene un patrón visto en investigaciones anteriores: que Estados Unidos y otros países occidentales experimentan efectos negativos más severos por el uso del smartphone.
“Rathje es cauteloso al explicar por qué. Una posibilidad, sugiere, es cultural: la vida en sociedades altamente individualistas y perfeccionistas podría amplificar la carga psicológica. Esa idea coincide con investigaciones más amplias que muestran que los trastornos de ansiedad son más comunes en países de altos ingresos que en los de ingresos más bajos”
“Esto sugiere algo sobre los niveles de estrés en estos lugares —lo competitivos que son”, dijo. “Pero, en última instancia, sigue siendo un gran misterio.”

